La Convivencia Escolar y sus Dimensiones

por Raúl Ortega Mondaca

La convivencia escolar es el conjunto de relaciones sociales que se desarrollan al interior de una comunidad educativa, repercutiendo directamente en los procesos pedagógicos que allí se desencadenan. Abarca todas las interacciones que ocurren en el espacio educativo, entre los diferentes actores o estamentos educacionales.

No puede ser entendida como algo estático ni como un estadio o ideal a ser alcanzado, constituye una compleja red de relaciones sociales, que se desarrollan, mueven y mutan cotidianamente, así como también se intencionan y gestionan pedagógica e institucionalmente. “La convivencia se construye y modifica a partir de las maneras concretas de relación y participación que se dan en la cotidianidad, las que cambian a través del tiempo debido a la influencia de las emociones, sentimientos y estados de ánimo de las personas, o por acontecimientos que ocurren en la comunidad, por circunstancias del entorno local y/o del contexto país” (MINEDUC, 2024, p.12).

En cada establecimiento será posible distinguir diferentes tipos de convivencia escolar, de acuerdo con cómo se presenten y desarrollen las relaciones sociales al interior de la comunidad educativa. “Este entramado de estilos y modos de convivir va dando forma a la cultura institucional y determina la calidad de la convivencia, siendo elementos que inciden fuertemente en el sentido de pertenencia y el desarrollo de habilidades socioemocionales de cada integrante de la comunidad” (MINEDUC, 2024, p.13). En otras palabras, la convivencia al interior de un centro educativo repercutirá en los aprendizajes y calidad de vida de las y los estudiantes, docentes, asistentes de la educación y demás miembros de la comunidad educativa.

Conceptualizar la convivencia escolar de este modo, permite abordarla como un fenómeno social complejo y dinámico, de vital importancia para los aprendizajes que se desarrollan en el centro educativo. Un proceso social que presenta al menos las siguientes cuatro dimensiones (Ortega, 2022):

  1. Normativa escolar.
  2. Participación de las y los actores escolares.
  3. Habilidades socioemocionales.
  4. Conflictividad escolar.

La normativa escolar está compuesta por el conjunto de Leyes, Decretos Ministeriales, Circulares y Ordinarios de la Superintendencia de Educación y Reglamentos Internos de los propios establecimientos educacionales que enmarcan y regulan la forma de relacionarse al interior de las comunidades educativas. Específicamente, son los mandatos que prohíben, obligan y también permiten el accionar institucional al momento del abordaje de situaciones o casos.

Más aún, actualmente el enfoque de derechos ha instalado la idea de un abordaje de casos basado en el debido proceso, es decir, un procedimiento preestablecido, racional y justo al momento de aplicar sanciones frente a faltas disciplinarias. Esto quiere decir que todas las disrupciones y conflictos deben ser enfrentados bajo este prisma, o de lo contrario se podría caer en arbitrariedades o vulneraciones de derechos que agraven aún más la situación abordada, así como desde un punto de vista institucional, acarrear multas de parte de la entidad fiscalizadora.

La participación es la segunda dimensión de la convivencia escolar y conlleva la articulación de espacios comunitarios e identidades colectivas, así como también, las características de organización e incidencia en la toma de decisiones que poseen los diferentes actores escolares al interior de su comunidad educativa.

En este sentido, la participación es entendida como “un proceso de involucramiento de personas y grupos en cuanto sujetos y actores, en las decisiones y acciones que los afectan a ellos o a su entorno” (Participa, 2000, p.17). Este involucramiento con la comunidad a la que pertenece cada actor escolar conlleva diferentes grados de cohesión con sus pares y apropiación del espacio educativo, elementos que posibilitan el accionar colectivo.

La tercera dimensión de la convivencia se relaciona con las habilidades socioemocionales que poseen los diferentes actores. Estas habilidades son un “saber hacer” que permite relacionarnos con otras personas y convivir en comunidad, por lo que el nivel de desarrollo de estas habilidades incidirá significativamente en el tipo de convivencia que se desarrolla.

En este sentido, la nueva Política Nacional de Convivencia Educativa mandata a los establecimientos educacionales a “abordar de manera gradual la salud mental como uno de los componentes de acción de la gestión de la convivencia” (MINEDUC, 2024, p.7). Por lo que el fortalecimiento de las habilidades socioemocionales y el autocuidado constituyen objetivos pedagógicos importantes, pues son procesos mediante los que “niños, niñas y adultos adquieren y aplican la capacitada de manejar emociones y lograr metas personales y colectivas; sentir y mostrar empatía por los demás; establecer y mantener relaciones de apoyo; y tomar decisiones responsables y afectuosas” (Educación 2020, 2021, p.5).

Actualmente, la Agencia de Calidad de la Educación ha desarrollado distintas mediciones de estas habilidades, como parte de los Diagnósticos Integrales de los Aprendizajes (DIA) que ha aplicado en gran parte de los establecimientos educacionales, logrando identificar la necesidad de potenciar la capacidad de reconocimiento y expresión de emociones, control de impulsos, trabajo en equipo y empatía entre las y los estudiantes, posicionando estás habilidades como parte de los objetivos de mejoramiento de las comunidades escolares.

La última dimensión de la convivencia es la conflictividad escolar, que consiste en el deterioro de alguna de las relaciones sociales que se desarrollan al interior de una comunidad educativa, expresándose en diferentes situaciones disruptivas y/o violentas al interior de cada centro educativo.

Lamentablemente, muchas veces los conflictos presentes en una comunidad escolar tienden a ser ocultados o ignorados pues, existe una idea generalizada del conflicto como un aspecto negativo, que debe ser evitado o aislado de la realidad escolar. Por el contrario, desde la política pública se apuesta porque  “la convivencia debe tener un abordaje integral a través de estrategias que avancen de lo reactivo a lo promocional y preventivo; de la realización de actividades aisladas hacia una estrategia articulada; de un abordaje punitivo de los conflictos hacia uno formativo, reparador y con sentido pedagógico; de un tránsito desde acciones centradas solamente en los individuos hacia acciones grupales, comunitarias y colectivas” (MINEDUC, 2024, p.14), es decir, reconocer la conflictividad como parte de la cotidianeidad y su abordaje como una opción pedagógica y transformadora.

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