La Complejidad de las Violencias de Género en el Ámbito Escolar

El artículo 12° de la Ley N° 21.675 sobre Violencia de Género señala que: “los establecimientos educacionales reconocidos por el Estado deberán promover una educación no sexista y con igualdad de género y considerar en sus reglamentos internos y protocolos para la promoción de la igualdad en dignidad y derechos y la prevención de la violencia de género en todas sus formas”. Esto quiere decir, que las comunidades educativas deben estar dispuestas a prevenir las violencias de género, así como también atentas para detectar y abordar integralmente las situaciones que ocurran en su interior.

Para que esto sea posible, el primer obstáculo es comprender qué se entiende por violencias de género (en plural, pues hay más de una), así como también diferenciar este fenómeno de otros tipos de violencias usualmente presentes en los establecimientos educacionales.

Las violencias de género son “todas aquellas violencias que tienen su ori­gen en una visión estereotipada de los géneros y en las relaciones de poder que esta conlleva o en las que se basan. A causa de esto, las violencias de género en nuestra sociedad afectan principalmente y con más fuerza los cuerpos de las mujeres y de las personas no normativas sexualmente (lesbianas, bisexuales, homosexuales) o genéricamente (trans, queer, etc.). Sin embargo, pueden ser blanco de violencias de género también sujetos inscritos en el género masculino, por ejemplo, los niños a los que se prohíbe llorar o mostrase afectuosos entre ellos”[1].

En otras palabras, se trata de un tipo específico de conflicto o relación social que se fundamenta en la jerarquía social que coloca a lo masculino y heterosexual por sobre lo femenino y las disidencias. Como toda relación social, las violencias de género se caracterizan por su dinamismo (cambian constantemente) y complejidad, es decir, por solaparse con otras relaciones o vínculos sociales que se desarrollan de forma simultánea e influyéndose mutuamente, como cuando un niño interactúa de determinada forma con las niñas de su curso, porque imita o recibe la presión de los demás varones de su entorno para hacerlo de esa forma.

Lamentablemente, algunos fenómenos complejos como las violencias de género u otros conflictos suelen verse reducidos a sus expresiones más visible o situaciones puntuales en las que se manifiestan, por ejemplo, cuando pensamos que el acoso sexual consiste únicamente en un hecho puntual, como una agresión verbal o un traspaso no consentido de la corporalidad de una persona. Esto invisibiliza el impacto que dichas acciones tienen en la construcción de identidad de quienes las viven, es decir cómo se construyen a sí mismo el agresor y cómo se construye a sí misma la agredida.

En otras palabras, tenemos un gran problema cuando las comunidades educativas abordan los “piropos” sólo como el uso de un lenguaje soez de parte de un estudiante o solo como un insulto entre dos personas. Debemos reconocer que este tipo de violencia de género se produce porque las personas que agreden reconocen su superioridad de poder frente a las personas agredidas; y además asumen que cuentan con la legitimidad social o el control del espacio público suficiente para hacerlo, lo que obviamente sobrepasa la complejidad que puede tener el mal uso del lenguaje o los insultos en otras circunstancias.

Otra dificultad recurrente que surge en las comunidades educativas cuando no comprendemos la complejidad de las violencias de género, tal como lo presenta el video que adjuntamos, es asignarles la misma gravedad a las violencias de género existentes y a las posibles acciones de defensa que eventualmente ejerzan las personas agredidas. Tal como se ha explicado, el acoso sexual es un tipo de relación social que se fundamenta en los estereotipos de género y sus asimetrías de poder, por lo que una eventual respuesta agresiva de quien sufre el acoso no puede ser abordada de manera aislada del contexto en la que se desarrolló, ni mucho menos sin incluir en el análisis la relación violenta que la originó.

Sólo nos queda comprender que se trata de fenómenos sociales complejos y estructurales de nuestra sociedad (patriarcal), no situaciones aisladas, por lo que visualizar sus implicancias al interior de las comunidades educativas y mejorar el análisis de quienes deben abordar estas situaciones permitirá ir transformando la convivencia y mejorando la calidad de vida de todas, todos y todes.


[1] Biglia, B., & Jiménez, E. “Jóvenes, Género y Violencias: Hagamos nuestra la Prevención”. Universitat Rovira i Virgili, Tarragona, 2015, Pág. 27.

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