Cuando la Convivencia se Aprende Viviéndola: Reflexiones sobre el Círculo

por Robinson Pérez Arredondo

Hace un tiempo estamos implementando en la escuela una experiencia llamada “El Círculo”. La idea se inspira en el Enfoque Jenaplan, pero quisiera partir aclarando algo que me parece importante: llevar el Círculo a una escuela pública no significa copiar un modelo pedagógico, significa intentar comprender su sentido y traducirlo a nuestra realidad.

Esa distinción no es menor, modelos como Jenaplan, Montessori o Waldorf no son simples técnicas que uno toma, instala y aplica, son ecosistemas pedagógicos completos, tienen una forma propia de organizar el espacio, el tiempo, los materiales, la autonomía de las y los estudiantes, el rol del adulto/a y la vida comunitaria. Por eso, cuando una práctica nacida en uno de esos modelos llega a una escuela pública convencional, necesariamente cambia y eso no tiene por qué ser un problema.

A veces, para que una práctica pueda vivir en otro contexto, necesita adquirir elementos de esa otra realidad y transformarse en el proceso. Adaptar no es traicionar una idea pedagógica, adaptar puede ser una forma seria de pensarla, comprenderla y hacerla posible en las condiciones concretas de una escuela.

En nuestro caso, el Círculo comenzó como una experiencia piloto y hoy estamos intentando implementarlo de manera más amplia. A simple vista puede parecer algo sencillo: estudiantes sentados en círculo, una rueda que ordena los momentos, roles asignados, espacios para compartir, organizar la semana, escuchar noticias del “Parlamento Escolar” (otra metodología), realizar una dinámica y cerrar el encuentro. Pero mientras más lo aplico en el aula, más me doy cuenta que el Círculo no es solo una actividad de curso, es una experiencia que permite mirar de otra manera la relación entre convivencia escolar, clima de aula y aprendizajes.

En la escuela solemos pedir a las y los estudiantes que escuchen, respeten turnos, participen, se organicen, asuman responsabilidades, reflexionen y aprendan a argumentar sus ideas. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar algo básico: ¿dónde aprenden realmente a hacerlo? En realidad, estas habilidades intentamos enseñarlas durante las clases, mientras trabajamos contenidos, procedimientos y habilidades propias de cada asignatura, también buscamos que las y los estudiantes aprendan a escuchar, respetar turnos, argumentar, colaborar, concentrarse y sostener ciertas formas de participación. A eso solemos llamarle clima de aula y habilidades del pensamiento, pero en la clase estas habilidades aparecen principalmente como condiciones necesarias para que el aprendizaje pueda ocurrir. Necesitamos que se practiquen y se apliquen para que la clase funcione: escuchar para comprender una explicación, esperar turnos para dialogar, argumentar para responder una pregunta, organizarse para trabajar en grupo. Son habilidades que se ponen en juego mientras se aprende otra cosa.

Y cuando vemos que esto no resulta, muchas veces intentamos abordarlo desde otro lugar: hacemos talleres sobre convivencia, actividades sobre respeto o empatía, dinámicas grupales que casi siempre terminan en un afiche, llenamos las paredes de mensajes sobre cómo debemos tratarnos y esperamos que eso produzca cambios reales en la forma en que los estudiantes conviven.

Todo eso puede tener buenas intenciones e incluso generar momentos valiosos de reflexión, pero muchas veces no logra transformar las relaciones cotidianas del curso. Porque escuchar, respetar, participar o responsabilizarse no se aprenden solo hablando de esas habilidades. Necesitan experiencias reales, repetidas y sostenidas en el tiempo donde esas prácticas puedan vivirse de verdad. Escuchar no se aprende solo escuchando una explicación sobre la escucha; participar no se aprende solo hablando de participación; responsabilizarse no se aprende solo escribiendo compromisos. Ahí aparece El Círculo.

El Círculo no funciona como una clase formal. No parte desde un contenido curricular cerrado ni desde una respuesta correcta que las y los estudiantes deban alcanzar. Tampoco se sostiene principalmente en la explicación del adulto/a. Se organiza de otra manera: el curso se sienta en círculo, utiliza una rueda que guía la experiencia, distribuye roles y abre espacios para que las y los estudiantes puedan hablar, escuchar, organizarse, tomar acuerdos y compartir la palabra.

Sentarse en círculo no es un detalle menor, la disposición modifica la forma de estar en el espacio. Las y los estudiantes se miran, se escuchan y la palabra deja de estar concentrada solo en el profesor o profesora. La rueda ayuda a ordenar los momentos: saludo inicial, organización de la semana, elección de encargados/as, noticias del Parlamento, dinámicas, espacios para compartir y cierre. Los roles también tienen un sentido importante: líder, silencio, calendario, asistencia, higiene y orden, dinámica o juego, Parlamento; cada uno sostiene una parte de la vida del curso. Eso es relevante porque las y los estudiantes no solo “participan”, también asumen responsabilidades. El curso deja de ser solo un grupo que recibe instrucciones y comienza, poco a poco, a experimentar que su funcionamiento también depende de ellas y ellos.

En una clase formal, cuando pedimos silencio o escucha, generalmente lo hacemos para cuidar el clima de aula y permitir que el aprendizaje ocurra. Cada estudiante escucha a su compañero/a porque está respondiendo una pregunta, explicando un procedimiento o aportando una idea relacionada con un contenido. Esa escucha es necesaria, forma parte del clima de aula que el o la docente prepara para que la clase sea posible. En el Círculo aparece otra forma de escuchar: una escucha que no está mediada por la utilidad inmediata del contenido, sino por el reconocimiento del otro/a. Cada estudiante no escucha solo para aprender algo del contenido, escucha porque el otro/a aparece ante el grupo y eso también es profundamente pedagógico.

El Círculo no reemplaza la clase (tampoco debería hacerlo), la escuela necesita clases, conducción docente, progresión curricular, enseñanza explícita, ejercitación y evaluación. No se trata de descalificar la escuela pública convencional ni de idealizar modelos alternativos, la pregunta no es cómo reemplazar completamente la escuela que tenemos, sino cómo enriquecerla desde prácticas que puedan abrir otros modos de relación, participación y aprendizaje. En ese sentido, el Círculo puede mejorar las condiciones internas del grupo para que la clase ocurra mejor.

Un/a estudiante que aprende a esperar su turno en el Círculo también puede hacerlo en Matemáticas; un/a estudiante que aprende a escuchar a un/a compañero/a cuando comparte algo personal también puede escuchar mejor una explicación en Lenguaje; un/a estudiante que aprende a expresar una idea, tomar perspectiva, argumentar o revisar lo que piensa también está desarrollando habilidades necesarias para aprender. Por eso, el Círculo permite cuestionar una separación demasiado rígida entre convivencia y aprendizaje.

El aporte del Círculo al aprendizaje no está solo en que las y los estudiantes “se porten mejor” o en que el curso logre organizarse con mayor tranquilidad. Su aporte más profundo está en que ofrece un espacio concreto para practicar habilidades del pensamiento en una situación real de comunidad. En el Círculo las y los estudiantes deben escuchar una idea, esperar antes de responder, ordenar lo que quieren decir, explicar una experiencia, justificar una opinión, considerar otros puntos de vista y, muchas veces, revisar lo que pensaban inicialmente. Esto es importante porque habilidades como argumentar, reflexionar, explicar o pensar críticamente no se desarrollan solamente cuando las y los estudiantes responden una pregunta del libro o preparan una exposición formal, también se desarrollan y practican cuando tienen que decir por qué están de acuerdo o en desacuerdo con una propuesta del curso, cuando debe explicar una dificultad que viven durante la semana, cuando intenta comprender lo que otros/as compañeros/as quieren decir, o cuando el grupo debe tomar una decisión común. En esos momentos, pensar no aparece como una tarea individual y aislada, sino como una práctica compartida.

Por eso, el Círculo puede transformarse en un espacio privilegiado para ejercitar pensamiento. No porque cada intervención sea profunda ni porque toda conversación produzca automáticamente reflexión, sino porque crea una situación donde pensar tiene sentido para las y los estudiantes. Se piensa para participar, para comprender al otro/a, para tomar acuerdos, para resolver tensiones, para organizar la vida del curso y para reconocer que las propias ideas pueden cambiar al escuchar a los demás. En El Círculo, las y los estudiantes no argumentan para responder una pregunta del libro, argumentan para participar en la vida del curso. No reflexionan solo sobre un contenido, reflexionan sobre lo que les ocurre como grupo. No escuchan únicamente porque alguien está dando una respuesta correcta, escuchan porque están aprendiendo a estar con otros/as.

Estas habilidades no quedan encerradas en la rutina del Círculo, son transferibles: Escuchar, esperar, expresar una idea, argumentar, tomar perspectiva, organizar el pensamiento y revisar lo que uno cree son habilidades para convivir, pero también son habilidades para aprender. No se trata de elegir entre convivencia o aprendizaje, se trata de comprender que, cuando las y los estudiantes aprenden a escucharse, organizarse, participar, argumentar y reflexionar, están aprendiendo a convivir y también están aprendiendo a pensar mejor.

El Círculo también obliga a revisar el rol del adulto/a. En una clase formal, el o la docente suele planificar y organizar el contenido, explicar, preguntar, dirigir la actividad y evaluar, en El Círculo, el adulto/a no desaparece, pero cambia de lugar, escucha más, observa más e interviene con más cuidado. Ese cambio no significa pasividad, al contrario, exige una presencia pedagógica más atenta.

En una clase formal, el o la docente está concentrado/a en muchas tareas al mismo tiempo: enseñar un contenido, explicar una consigna, observar si las y los estudiantes comprenden, corregir errores, hacer avanzar la actividad, cuidar el clima de aula y evaluar si el objetivo se está logrando. En medio de esa exigencia, muchas habilidades de convivencia y pensamiento aparecen, pero no siempre pueden ser observadas con suficiente calma. En el Círculo ocurre algo distinto, el o la docente se libera momentáneamente de la presión de enseñar un contenido curricular, evaluar una respuesta correcta o conducir una actividad hacia un producto específico. Eso no significa que deje de tener responsabilidad pedagógica, al contrario, le permite ocupar otro lugar: observar con mayor atención cómo las y los estudiantes escuchan, esperan turnos, toman la palabra, argumentan, se organizan, asumen responsabilidades, reconocen a otros o evitan participar. Esa observación es valiosa, pues el Círculo permite ver al curso desde otro ángulo. Aparecen liderazgos, silencios, tensiones, formas de participación, modos de escuchar y pequeñas responsabilidades que en una clase formal pueden pasar desapercibidas porque el foco está puesto en el contenido que se está enseñando.

El Círculo no solo forma a las y los estudiantes; también educa la mirada del docente, aunque el rol docente no termina en observar, también debe interpretar lo que ve e intencionar el traspaso de esas habilidades hacia las clases. Si en el Círculo las y los estudiantes están aprendiendo a esperar turnos, escuchar a otros/as, justificar una idea, tomar perspectiva o responsabilizarse por una tarea común, el o la docente puede tomar esas habilidades y conectarlas luego con Lenguaje, Matemática, Historia o cualquier otra asignatura. Ahí aparece una de las claves más importantes: las habilidades que se desarrollan en el Círculo no deberían quedar encerradas en esa rutina. El o la docente tiene la responsabilidad de reconocerlas, nombrarlas y conectarlas con otros momentos de aprendizaje.

Eso no debilita la autoridad docente, la obliga a expresarse de otra manera. Una autoridad que no solo dirige, sino que observa; no solo corrige, sino que interpreta; no solo organiza la clase, sino que ayuda a las y los estudiantes a transferir lo aprendido en una experiencia comunitaria hacia otros espacios de aprendizaje. El Círculo entonces, no solo modifica la relación entre estudiantes, también modifica la mirada del adulto/a. Lo invita a dejar de ver la convivencia como algo separado de la enseñanza y a preguntarse cómo las habilidades que sostienen la vida común del curso pueden convertirse también en habilidades para aprender mejor.

Esa transformación no es menor, nos obliga a preguntarnos qué entendemos por autoridad en el aula ¿La autoridad solo existe cuando el adulto/a habla, dirige y corrige? ¿O también existe cuando el adulto/a crea las condiciones para que las y los estudiantes puedan sostener una experiencia comunitaria con responsabilidad? Todavía estoy observando, ajustando y aprendiendo. No me interesa presentar el Círculo como una receta ni como una solución mágica para la convivencia escolar, sería un error. Ninguna rutina, por valiosa que sea, resuelve por sí sola los desafíos complejos de una escuela. Pero sí creo que el Círculo abre una pregunta importante: ¿qué pasaría si dejáramos de enseñar la convivencia solo como discurso y comenzáramos a crear más experiencias reales para vivirla? Quizá ahí hay un camino interesante para la escuela pública. No copiar modelos., no idealizar experiencias, no descalificar la escuela que tenemos, más bien, traducir pedagógicamente algunas prácticas, adaptarlas a nuestras condiciones y producir algo nuevo desde nuestra propia realidad.

La convivencia no se aprende solo hablando de ella, se aprende cuando las y los estudiantes tienen oportunidades concretas para escuchar, participar, responsabilizarse, reconocer al otro/a y formar parte de una comunidad. Tal vez aprender con sentido tenga mucho que ver con eso: no solo comprender contenidos, sino aprender a estar con otros/as, a pensar con otros/as y a construir comunidad con otros/as.

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