Violencia Escolar en un Liceo Industrial donde las Mujeres son Minoría

por Carla Arévalo Aguilar e Inger Ambler Vizcarra

El ejercicio de la violencia, en todas sus formas, es un tema clave de discusión social, y permanente foco de atención de las políticas públicas, debate en los medios de comunicación e inquietud en las conversaciones cotidianas de la ciudadanía. En las últimas décadas la preocupación por la violencia se ha extendido desde el área de seguridad hasta ser considerada un indicador de salud pública por la Organización Mundial de la Salud [OMS] (2002) y es en sí una constante preocupación en el ámbito público y privado, al que los espacios educativos no están ajenos.

Dado que el contexto de investigación es un liceo industrial ubicado en la zona sur de Santiago, Región Metropolitana, Chile, donde la minoría de sus estudiantes son mujeres, se ha decidido abordar esta discusión desde una perspectiva de género al tener presente que el machismo y patriarcado inciden en el pensamiento, comportamiento y conductas de los y las jóvenes según un constructo social (Puleo, 2019).

La presente investigación busca revisar, entre otros puntos, cómo influye el contexto del que provienen los/as jóvenes, en sus experiencias vinculadas a la violencia dentro de sus espacios educativos, tanto en su posición de víctimas como de victimarios/as. También el cómo se expresa la violencia de género, sus manifestaciones y reflexiones en torno a la incidencia de distintos factores o componentes de una sociedad heteronormada y cómo estos son interpretados, aprendidos y encarnados por niñas, niños y adolescentes.

El trabajo se desarrolla en el establecimiento de enseñanza media Liceo Industrial Miguel Aylwin Gajardo, formado en 1966, que se caracteriza por impartir carreras técnicas: Mecánica Industrial, Construcciones Metálicas y Mecánica Automotriz. Desde su origen la población estudiantil, de entre 14 y 18 años, ha sido mayoritariamente masculina, y en algunos períodos exclusivamente masculina, quienes provienen desde distintos sectores de la Región Metropolitana, pero gran parte pertenece a la comuna de San Bernardo y sus alrededores. En su origen, bajo el gobierno del Presidente Eduardo Frei, fue conocido como el Liceo A129 de San Bernardo y luego como el Centro Educacional de San Bernardo, que impartía educación básica en séptimo y octavo año.

Durante el 2024 el establecimiento contaba con un total de 417 estudiantes matriculados, 362 corresponden al sexo masculino y 55 al femenino, característica central de este estudio para dar cuenta de las interacciones entre estudiantes en un establecimiento educacional donde las mujeres son minoría y donde las carreras técnicas que imparten han sido histórica y culturalmente masculinizadas.

Las entrevistas y observaciones realizadas dan cuenta que la interacción entre estudiantes de distinto sexo se encuentra fuertemente condicionada por una lógica sexoafectiva que estructura las relaciones desde la cosificación y la apropiación de los cuerpos femeninos. Las entrevistas evidencian que los varones ejercen control sobre sus compañeras, adjudicándose el poder de denostarlas públicamente. Frases como "ya pasó por mí" revelan una apropiación simbólica de ellas, y que aluden a desecharlas como si fueran objetos de consumo (Segato, 2018). Esta dinámica no sólo reproduce la violencia simbólica descrita por Bourdieu (1999), sino que además perpetúa una cultura de marcar a la otra persona, donde los cuerpos femeninos son entendidos como espacios de disputa, validación masculina y competencia entre pares. Las mujeres, por su parte, reportan y perciben presión social, incomodidad o temor frente a estas formas de interacción, lo que las lleva a adoptar estrategias de autoprotección como el silencio, la distancia o el bloqueo en redes sociales y hasta cambio de establecimiento educativo.

Asimismo, el carácter heteronormativo de las relaciones refuerza la idea de que todo vínculo entre hombre y mujer debe tener un componente romántico o sexual, anulando la posibilidad de amistades genuinas entre los géneros, o la socialización de preferencias sexo-afectivas que salgan de ese marco. En este sentido, la escuela actúa como un espacio donde se reafirman los mandatos heteronormados y patriarcales, en lugar de cuestionarlos o transformarlos (Curiel, 2018).

Respecto a la interacción entre mujeres, los relatos evidencian una fuerte fragmentación entre sus vínculos, muchas veces mediada por la vigilancia mutua, el control del comportamiento, la crítica al aspecto físico o las acusaciones de transgresión a normas sexuales. "Se pinta las patas”, “se pela", son frases que se presentan frecuentemente a modo de crítica y juicio, pues se asignan a quienes son infieles o coquetean sin mantener una relación estable.

Esta violencia entre mujeres responde a una socialización patriarcal que las posiciona como rivales. Internet, y en particular las redes sociales, como la cuenta en Instagram “confesioneslimag”, amplifican esta violencia simbólica (UNICEF, 2025), convirtiéndose en un escenario donde se reproduce la lógica del escrutinio público, popularmente conocido como funa o castigo social hacia quienes se desvían de la norma hegemónica de feminidad. Las estudiantes entrevistadas mencionan vivir o presenciar interacciones que contienen insultos, ataques verbales, aislamiento y rumores como formas de agresión que, en algunos casos, deriva en un cambio de establecimiento. No obstante, algunas estudiantes expresan incomodidad frente a la competencia entre mujeres, y buscan relaciones más igualitarias o deciden no participar en estas dinámicas esquivando la confrontación. Sin embargo, estas posiciones son marginales dentro de un espacio escolar que, según las observaciones, valida la lógica patriarcal dominante.

Se observan relaciones entre hombres marcadas por la necesidad de validar una masculinidad hegemónica que se expresa en juegos violentos, lenguaje sexualizado, conductas de riesgo y demostraciones de poder físico o simbólico. La competencia por el respeto y la dominancia se materializa en frases como “el más choro” o “el más ficha”, que sitúa a los varones en una permanente disputa por el estatus frente a sus pares. Las entrevistas demuestran que este tipo de masculinidad promueve una cultura que lleva impreso el que los varones no pueden "perder", no deben "mostrar debilidad" y los obliga a "responder" ante cualquier gesto de amenaza, incluso cuando ello conlleva consecuencias graves como agresiones físicas o enfrentamientos con armas. Estas dinámicas no solo impactan en la convivencia escolar, sino que también refuerzan estereotipos de género que limitan la posibilidad de establecer vínculos afectivos horizontales y sanos entre hombres. La masculinidad se configura como un campo de batalla que, en vez de liberar, encarcela emocionalmente a quienes deben habitarla.

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